martes, 4 de marzo de 2014

Cuentos tradicionales japoneses: Hôichi, el monje sin orejas - 日本の昔話 - 「耳なし芳一」




 Representación teatral de la historia, con el samurai fantasmal acechando a Hôichi.
 Fuente: Wikipedia

Hace mucho tiempo, en un templo budista de la prefectura de Yamaguchi, vivió un monje llamado Hôichi.   

Hôichi era ciego de nacimiento, pero a pesar de ello, o quizás debido a ello, tenía un talento extraordinario para la música, especialmente para tocar la biwa. También era muy diestro relatando historias, y la que más le gustaba por encima de todas, y con la que demostraba ser más hábil narrando, era la historia de la batalla de Dan-no-ura, el mayor enfrentamiento de las Guerras Genpei entre los clanes Minamoto, también llamado Genji, y Taira, también conocido como Heike, que acabó con la aplastante victoria de los primeros. Hôichi sabía narrar el relato de esta batalla con suma maestría y con tanto sentimiento, que siempre lograba que sus oyentes se metieran de lleno en la historia y acabaran conmovidos hasta el punto de hacerles verter lágrimas por el triste final de los Heike, que fueron completamente derrotados, y de su emperador infante, Antoku, quien prefirió suicidarse arrojándose al mar con su familia antes que soportar la humillación de ser vencidos por los Genji.

Cierta calurosa noche veraniega, en la que el bonzo superior del templo se encontraba ausente, Hôichi dedicaba su tiempo a practicar con su biwa y a meditar, cuando de repente escuchó una voz que le llamaba:

- ¡Hôichi! ¡Hôichi!

- ¿Quién es?  - respondió el -. Lo siento mucho, soy ciego y no puedo ver quién me está llamando.


- Soy sirviente de un noble que vive por aquí cerca, que ha oído hablar mucho del monje Hôichi y de su increíble talento como narrador de historias, que tan hábilmente sabe acompañar con la música de su biwa. Si sois vos el dicho monje Hôichi, mi señor me manda deciros que desea escuchar en persona una demostración de vuestro arte.

- Sería un honor muy grande para mí, pero no conozco a vuestro señor, ni sé cómo ir hasta su palacio.

- Yo os conduciré hasta allí, no tenéis más que seguirme.

Hôichi, muy contento porque alguien de alto linaje estuviera tan interesado en su música y en sus historias, aceptó y agarró la mano del sirviente, que le guió hasta el palacio de aquel noble. Por el tacto y los ruidos que hacía al andar, dedujo que se trataba de un samurai vestido de armadura.

- Hôichi -, le dijeron al llegar a lo que parecía ser una gran sala ricamente decorada, - os rogamos que toquéis para nosotros vuestra biwa como acompañamiento de la historia de la familia Taira, que deseamos oir de vuestra boca. Narradnos, por favor, el relato de la batalla de Dan-no-ura que tan bien conocéis y tan hábilmente sabéis contar.

Y tal como le pidieron, Hôichi volvió a contar su relato acompañado de la música de su biwa.

Y tan vivamente describió el ambiente infernal de la batalla, el sonido de las olas rompiendo contra los barcos Minamoto y Taira, las flechas silbando por el aire,  las voces y gritos de dolor de los soldados al morir en el fragor del combate, y la triste muerte del infante Antoku y su familia, que al finalizar su relato, el gran salón enmudeció, a excepción de algunos llantos ahogados que se escuchaban desde los diversos rincones del mismo.

- Nuestro amo ha quedado muy satisfecho de vuestra interpretación, venerable Hôichi - le dijo el sirviente que le había guiado hasta allí -, y está dispuesto a recompensaros por ella de manera generosa, pero con una condición.

- ¿Cuál es?

- Que a partir de mañana y durante seis noches, sigáis viniendo en secreto todas las noches a relatar vuestra historia y tocar la biwa para nuestro amo, como acabáis de hacer ahora mismo.  Sobre todo es muy importante que no habléis de esto con nadie.  Si así lo hacéis, nuestro amo promete colmar al monje Hôichi de riquezas hasta el fin de sus días.

Hôichi aceptó de buen grado. Y así, sin decirle nada a nadie, ni siquiera al bonzo superior, que le preguntó insistentemente sobre la razón de su larga ausencia del templo, a la noche siguiente volvió a seguir al sirviente con armadura hasta el palacio, donde de nuevo, ante aquel noble y su corte, relató vivamente la historia de la batalla entre los Genji y los Heike.

A su regreso de aquella segunda noche, el monje superior volvió a interrogar a Hôichi para que le revelara dónde había ido, pero él, cumpliendo su palabra, no dijo nada. Y lo mismo ocurrió la tercera y la cuarta noche.

La quinta noche, al igual que las anteriores, Hoichi volvió a salir acompañado del samurai hacia el palacio de aquel noble, pero esta vez, sin que él lo supiera, fue seguido a escondidas por varios de sus compañeros del templo a petición del bonzo superior, que tenía la plena certeza de que algo muy grave estaba ocurrriendo. Pero al poco de internarse en el bosque, los monjes le perdieron por completo la pista a Hôichi, como si las tinieblas de la noche se lo hubieran tragado de repente.

En ese momento estalló una fuerte tormenta, y mientras los monjes miraban a su alrededor desorientados, retumbó justo sobre sus cabezas un trueno, acompañado de un rayo cegador que cayó a poca distancia de ellos, y que con su fulgor iluminó una cercana lápida de piedra. Al avanzar hacia allí, los monjes observaron espantados que frente a dicha lápida estaba sentado Hôichi, completamente empapado por la lluvia, tocando su biwa y contando la historia de la batalla de Dan-no-ura, mientras innumerables fuegos fatuos revoloteaban a su alrededor.

Los monjes se quedaron sobrecogidos de horror al leer el nombre inscrito en aquella lápida. Era la de Antoku Tennô, el emperador infante del clan Heike.

Al recobrarse de la impresión, rápidamente se abalanzaron sobre Hôichi para sacarle de allí a toda prisa, sin dejarle terminar su historia. Él se resistió, pero no pudo impedir que le llevaran a la fuerza de vuelta al templo, donde sus compañeros le contaron al bonzo superior lo que acababan de ver.

El bonzo superior, alarmado, dijo:

- Es justo lo que yo me temía. Hôichi, has de saber que lo que está ocurriendo es extremadamente grave. Parece ser que tu arte como narrador y tu talento tocando la biwa han atraído a los espíritus de los guerreros Heike caídos en Dan-no-ura, que desean llevarte con ellos para que les cuentes su historia por toda la eternidad. No debes volver a aquel lugar nunca más, porque si te sometes a los deseos de los espíritus de aquellos hombres que murieron tan trágicamente, te poseerán y acabarás perdiendo tu alma para siempre.

- Pero les prometí que iría cada noche a narrarles la historia durante seis dias - dijo él -, no puedo faltar a mi palabra.

- Debes hacerlo y no volver con ellos por mucho que te insistan, porque si vas allí una vez más, se apoderarán de tu alma y ya no podrás regresar jamás al mundo de los vivos.

- ¿Y qué puedo hacer?

- Te protegeremos con unos sutras budistas que cubrirán tu cuerpo y te harán invisible ante los espíritus malignos. Así, por mucho que te busquen, no podrán verte ni hacerte daño. Cuando vengan de nuevo a llamarte no debes responder absolutamente nada, ni una palabra, como si no les oyeras. Debes mantener en todo momento tu postura de meditación sin moverte lo más mínimo.

Y así lo hicieron. A la mañana siguiente, los monjes llenaron el cuerpo de Hôichi de pies a cabeza con inscripciones de sutras budistas, para ocultarle a la vista de los espíritus.

Llegó una vez más la noche, y como de costumbre, Hôichi se puso a meditar. Y en aquel momento oyó de nuevo aquella voz:

- ¡Monje Hôichi! He venido a por vos. Tenéis que acompañarme ante mi señor también esta noche para narrar ante él y su corte la historia de los Taira, tal como prometisteis.

Pero Hôichi no contestó.

- Qué raro, no hay nadie. Ahí está la biwa de Hôichi - dijo entonces el espíritu -, pero no veo a quien la toca. Oh, sí, sí que lo veo, hay dos orejas flotando. Ya entiendo: el bonzo mayor del templo ha pintado a Hôichi con sutras budistas para que se haga invisible ante nosotros y no pueda acompañarnos. Así no me será posible llevármelo conmigo...   pero al menos me llevaré estas orejas como prueba para mi señor, para que vea que he ido a buscar a Hôichi tal como me pidió y no me haga pagar un terrible castigo por mi desobediencia.

Y sin decir más, el espíritu arrancó las orejas de Hôichi y se dio media vuelta. Durante todo este tiempo, tal como le había ordenado su superior, el monje no se movió de su postura de meditación ni por un instante. Y en esa postura seguía cuando el bonzo superior regresó junto a Hôichi, quedándose horrorizado al verle con las orejas arrancadas y el cuerpo cubierto por completo de sangre.

- ¡Hôichi! ¡Tus orejas! ¿Qué ha pasado? - gritó.

Y no tardó mucho en comprender lo que había ocurrido. Aquella mañana los monjes habían pintado las inscripciones budistas con sumo cuidado sobre todo el cuerpo de Hôichi, para que no quedara ni una parte sin ser protegida por los sutras, pero se les había pasado por alto pintarlas también en sus orejas, que por tanto no gozaron de aquella protección y quedaron visibles ante el espíritu.

El bonzo superior se sintió afligido por haber cometido un fallo tan terrible, y llevó inmediatamente a Hôichi al médico. Con el tiempo, Hôichi se restableció de sus graves heridas, y si bien ya no tenía orejas, los espíritus de los sirvientes de Antoku no volvieron a molestarle más.

La historia corrió de boca en boca, no solo por la prefectura, sino por todo el país. Hôichi se convirtió en un músico de gran fama. De todas partes de Japón venía gente al templo día tras día, solo para oir los maravillosos relatos y la música del biwa de aquel humilde monje que, desde entonces, fue conocido por todos como  "耳なし芳一 Mimi-nashi Hôichi :  Hôichi, el monje sin orejas". 

 

 Texto en japonés aquí.



Notas:

-  El presente relato de Hôichi, el monje sin orejas, forma parte también de la recopilación de cuentos y leyendas japonesas recopiladas por el escritor irlandés de origen griego Lafcadio Hearn (quien se nacionalizó japonés con el nombre de Yakumo Koizumi) bajo el título "Kwaidan".

- La batalla de Dan -no-ura  (壇ノ浦の戦い) es un hecho histórico real, un enfrentamiento naval que tuvo lugar en el estrecho de Shimonoseki, hoy conocido como estrecho de Kanmon, situado entre las islas de Honshû y Kyûshû, el 25 de abril de 1185. Esta batalla puso fin a las guerras Genpei, (源平合戦 Genpei gassen) que enfrentaron durante varios años por el control del país a dos clanes, los Minamoto 源 (Genji 源氏) y los Taira 平 (Heike 平家), ambos emparentados con el linaje imperial, y acérrimos enemigos. En dicha batalla, los Genji aplastaron a los Heike y acabaron con el candidato de aquel clan a ocupar el trono imperial, el infante Antoku, quien, tal como narra el relato de Hôichi, se suicidó arrojándose al mar con su familia, prefiriendo así una muerte honorable antes que soportar la humillación de ser vencidos por sus enemigos. El infante contaba entonces con tan solo seis años de edad.

- Finalizada la guerra, el clan Minamoto se hizo con el poder. De dicho clan salió el que sería el primer Shôgun, Minamoto-no-Yoritomo, que estableció su gobierno militar (幕府 bakufu ) en Kamakura, lo que marcaría el fin de la era Heian y el comienzo de la época feudal japonesa.

- En los mares donde tuvo lugar la batalla abunda un tipo de cangrejo, el Heikegani (平家蟹) o cangrejo Heike (Heikeopsis japonica), cuyo aspecto recuerda curiosamente al de un samurai con casco. La leyenda afirma que estos cangrejos son la reencarnación de los guerreros Heike caídos en la batalla de Dan-no -ura, siendo respetados por los pescadores locales, que devolvían al agua a aquellos cangrejos cuya forma más se parecía a la de un samurai.

- La batalla de Dan-no-ura aparece representada en muchos medios escritos y audiovisuales. Destaca entre ellos el cómic Segadora de Usagi Yojimbo (dibujado por Stan Sakai), en el que dicha batalla es un elemento muy importante de la historia.
 

- La biwa (琵琶)  es un instrumento japonés de cuatro cuerdas (aunque algunas variedades tienen cinco) similar al laúd. La biwa de Hôichi probablemente era una 平家琵琶 heike biwa, de cuatro cuerdas y cinco trastes, que es la que se utiliza para narrar la historia de las guerras Genpei.


Fuentes:  

domingo, 29 de mayo de 2011

Cuentos tradicionales japoneses: El anciano que hacía florecer los árboles - 日本の昔話 ・ 「花咲か爺さん」


El anciano que hacía florecer los árboles


Hace mucho tiempo, en un pequeño pueblo de Japón, vivían una pareja de ancianos. Eran muy pobres, no habían llegado a tener hijos y vivían con la única compañía de su perro, Shiro, al que habían rescatado tiempo atrás de los maltratos de su vecino.

Cierto día, Shiro se puso a ladrar y a remover la tierra:

"¡Guau, guau! ¡Cava aquí!", parecía decir.

"¿Quieres que cave aquí?", dijo el anciano. "Está bien, voy a cavar"

Y al cavar donde le indicaba el perro, el anciano se sorprendió mucho al ver que en el suelo había enterrada una gran cantidad de monedas de oro.

Pero su malvado y avaricioso vecino también vio esto, e inmediatamente dijo:

"¡Yo también quiero que el perro me diga dónde tengo que cavar para encontrarme un montón de monedas de oro! ¡Dámelo ahora mismo!"

Y, llevándose a la fuerza al perro, hizo que cavara también en su jardín. Pero, por más que cavaba donde le indicaba Shiro, el avaricioso vecino no lograba encontrar más que huesos y desperdicios malolientes, lo que le enfureció de tal manera que mató al pobre perro a golpes.

Los ancianos se entristecieron mucho por la pérdida de Shiro. Lo enterraron en su jardín y señalaron el lugar de la tumba con una vara. Pero a la mañana siguiente, al ir a visitar la tumba, se encontraron con que la vara se había convertido en un enorme árbol.

Los ancianos, utilizando madera de ese árbol, fabricaron un mortero para preparar mochis. Y para su sorpresa, descubrieron que del interior de todos los mochis que hacían con ese mortero salían más monedas de oro y diversos tesoros y joyas.

De nuevo, el vecino avaricioso les arrebató el mortero para enriquecerse él también, pero al descubrir que de los mochis que él preparaba no salían tesoros, sino desperdicios, en otro arranque de ira quemó el mortero hasta dejarlo reducido a cenizas.

En ese momento, una fuerte ráfaga de viento esparció esas cenizas hacia un árbol cercano que llevaba tiempo completamente seco y muerto, y mágicamente, de las ramas de ese árbol empezaron a brotar bellas flores.

Justamente entonces, por casualidad, pasó por el lugar el señor feudal que gobernaba la región, y se quedó maravillado al observar con sus propios ojos cóm
o brotaban aquellas hermosísimas flores. Y le gustaron tanto, que dedició recompensar generosamente a los ancianos.

El vecino avaricioso entonces dijo, indignado:


"¿Por qué das dinero a estos? He sido yo el que ha hecho brotar esas flores, es a mí al que tienes que recompensar. ¡Mira!".

Y diciendo esto, tomó un puñado de ceniza en sus manos y la arrojó contra las ramas del árbol. Pero no sólo no brotó flor alguna, sino que la ceniza fue a parar a la cabeza y los ojos del señor feudal.

Inmediatamente sus sirvientes se lanzaron a por el vecino avaricioso y le dieron una paliza. El hombre fue encarcelado y los ancianos vivieron felices el resto de sus días.


Versión en japonés >> aquí <<.


Notas


Este cuento fue recopilado por el escritor inglés Algernon Freeman-Mitford en su libro Tales from Old Japan.

En japonés, las palabras おじいさん ojiisan y おばあさ obaasan significan literalmente "abuelo" y "abuela", pero se pueden emplar también con el significado de "anciano" y "anciana".

Igualmente, おじさん ojisan significa "tío", pero puede traducirse también como "señor".


Imagen procedente de Una japonesa en Japón.

domingo, 29 de marzo de 2009

Cuentos tradicionales japoneses: Ubasuteyama - 日本の昔話 ・ 「姥捨て山」

Hace mucho, mucho tiempo, un señor feudal promulgó una ley que obligaba a la gente a abandonar a sus madres en cierta montaña al cumplir los sesenta años. A esa montaña se le conocía como "Ubasuteyama 姥捨て山" (literalmente, "la montaña donde se arroja a las abuelas").

En algún lugar del pueblo vivía una madre con su hijo, ambos eran muy amables. Ella ya había cumplido sesenta años y su hijo se encontraba muy apenado porque había llegado el momento en que debía abandonarla en la montaña.

- No llores - le dijo la madre -, voy a ir con los dioses , así que no te preocupes.

El hijo se dirigió a la montaña llevando a su madre sobre su espalda. Al poco rato de iniciado el recorrido, el hijo notó que su madre rompía unas ramas, y le preguntó:

- ¿Qué estás haciendo?

La madre le contestó:

- Estoy dejando señales para que te indiquen el camino de regreso y no te pierdas.

El hijo pensó: "Mi madre hasta en ese detalle se preocupa por mí", y sintió una oleada de tristeza en su corazón y exclamó:

- ¡Mamá, vamos a regresar!

- No, hijo -respondió ella-, sabes que si yo regreso tú serás castigado.

El hijo exclamó:

- ¡Pase lo que pase no te puedo dejar!

Y, contraviniendo la ley, el hijo decidió volver a casa con su madre y ocultarla para que el señor feudal no la descubriera.

Un día un monarca vecino amenazó al señor feudal con atacar su castillo si no contestaba a la pregunta de cómo se puede hacer una cuerda de cenizas. El monarca vecino había hecho esta pregunta pensando que era imposible contestarla.

El señor feudal pidió ayuda a los aldeanos para tratar encontrar la respuesta. El joven también intentó resolver el problema sin poderlo.

Entonces decidió preguntárselo a su madre, quien le contestó:

- Eso es muy fácil. Haz una cuerda muy estrecha y mójala en agua salada. Seca la cuerda y quémala.

El hijo así lo hizo y la llevó al señor feudal.

Este exclamó:

- ¡Excelente! Voy a recompensarte. A propósito, ¿lo hiciste sólo?

El hijo tímidamente le dijo la verdad.

El señor feudal dijo:

- Si no hubiera sido por la anciana, yo habría perdido mi castillo.

Esto hizo reflexionar al señor feudal, que decidió derogar la ley y proteger y cuidar a los ancianos del pueblo.

El hijo y su madre vivieron felices para siempre.



Notas:

El abandono de los parientes de edad avanzada en una montaña o cualquier otro lugar apartado para dejarles morir de deshidratación, hambre o frío, fue una práctica muy habitual en el Japón feudal, sobre todo en épocas de hambre y sequía. Es una costumbre que ha sido con frecuencia reflejada en cuentos y poemas, y que impresionó vivamente a Albert Einstein cuando visitó Japón en 1922.

La película "La balada de Narayama" de Shohei Imamura hace referencia a esta costumbre.

Existe una práctica similar en la tribu siberiana Yakut.



Fuentes:




miércoles, 10 de diciembre de 2008

Cuentos tradicionales japoneses: los seis Jizôs y los sombreros de paja - 日本の昔話 ・ 「笠地蔵」

Érase una vez un abuelito y una abuelita. El abuelito se ganaba la vida haciendo sombreros de paja. Los dos vivían pobremente, y un año al llegar la noche vieja no tenían dinero para comprar el "mochi" de arroz con que se celebra el Año Nuevo. Entonces, el abuelito decidió ir al pueblo y vender unos sombreros de paja para tratar de ganar algo de dinero. Cogió cinco sombreros, se los puso sobre la espalda, y empezó a caminar al pueblo.

El pueblo estaba bastante lejos de su casa, y al abuelito le llevó todo el día cruzar los campos hasta que por fin llegó. Ya allí, se puso a pregonar:

“¡Sombreros de paja, bonitos sombreros de paja! ¿Quién quiere sombreros?”

Había bastante gente comprando mochi, pescado y vino, pero a nadie le hacían falta sombreros de paja, porque el día de Año Nuevo no se sale de casa. Se acabó el día y el pobre anciano tuvo que volver a casa sin haber vendido ni un solo sombrero, y sin dinero para comprar el mochi de Año Nuevo.

Al salir del pueblo, comenzó a nevar. El abuelito se sentía muy cansado y tenía mucho frío al cruzar por los campos abiertos con tanta nieve. De repente se fijó en unos
O-jizô-sama, unas estatuas de piedra que representan unos dioses japoneses. Había seis Jizôs, con las cabezas cubiertas de nieve y las caras llenas de estalactitas de hielo.

El viejito tenía buen corazón y pensó que los pobres
Jizôs debían tener frío. Les quitó la nieve, y uno tras uno les puso los sombreros de paja que no pudo vender, diciendo:

“Son solamente unos sombreros de paja pero, por favor, acéptenlos…”

Pero sólo tenía cinco sombreros, y los Jizôs eran seis. Así que el anciano le dio al último Jizô su propio sombrero, diciendo:

"Discúlpeme, por favor, por darle un sombrero tan viejo.”

Y cuando acabó, siguió caminando por la nieve hacia su casa.


El abuelito llegó a casa cubierto de nieve. Cuando la abuelita le vió así, sin sombrero ni nada, le preguntó qué había pasado. Él le explicó lo ocurrido, que no pudo vender los sombreros, y que al volver vio a esos
Jizôs cubiertos de nieve, se sintió muy triste por ellos y que como eran seis tuvo que usar su propio sombrero para poder taparlos a todos.

Al oír esto, la abuelita se alegró de tener un marido tan cariñoso:


“Hiciste bien. Aunque seamos pobres, tenemos una casita caliente y ellos no.”


El abuelo, como tenía frío, se sentó al lado del fuego mientras la mujer preparaba la cena. Como no tenían mochi, comieron solamente arroz y unas verduras en vinagre y se fueron a dormir temprano.


A la media noche, fueron despiertos por el sonido de alguien cantando. Al principio las voces sonaban lejos pero iban acercándose a la casa, y cantaban:


“¡El abuelito dio sus sombreros

a los Jizôs todos enteros,
lleguemos, a su casa, lleguemos!”

Los abuelos estaban sorprendidos, aún más cuando oyeron un gran ruido, corrieron para ver lo que era... y vaya sorpresa se llevaron al abrir la puerta.
Paquetes y paquetes montados uno sobre otro, y llenos de arroz, vino, mochi, decoraciones para el Año Nuevo, mantas y kimonos bien calientes, y muchas otras cosas.

Al buscar quien les había traído todo eso, vieron a los seis
Jizôs, alejándose con los sombreros del abuelo puestos. Los Jizôs, en reconocimiento de la bondad del abuelito, les habían traído esos regalos para que tuvieran un próspero Año Nuevo.

Notas


地蔵 Jizō, o más comúnmente お地蔵様 O-jizō-sama, es como se llama en Japón al Bodhisattva Ksitigarbha.

Es una de las divinidades más populares en Japón. Se cree que Jizō es el encargado de proteger las almas de los bebés que no han nacido y de los niños que han muerto siendo muy pequeños, a los que se llama  水子 mizuko, o niños de agua. Así, Jizō es el protector de las mujeres embarazadas y de los niños, y también de los bomberos y de los viajeros.

En el Budismo, se cree que después de morir hay que cruzar el Río Sanzu para llegar a la vida después de la muerte. Según la leyenda, las almas de los niños que mueren prematuramente no pueden cruzar este río, ya que no han acumulado suficientes buenas acciones y además han causado sufrimiento a sus padres. Por esto, son condenados a rezar a la compasión de Buddha y apilar piedras una encima de otra en las orillas del río.

Para salvar a los niños de esto está Jizō, que los rescata escondiéndolos en sus mangas.

En los alrededores de los cementerios es común ver estatuas Jizō, casi siempre vestidas con gorritos y baberos rojos. Ya que las personas que rezan a Jizō piden la protección de niños, visten a las estatuas con estos atuendos típicos de bebés, algunas veces también como ofrenda por haberse curado un niño de una enfermedad. Además, se pueden ver junto a las estatuas pequeños juguetitos, así como montoncitos de piedras. Con estas piedras se espera contribuir a acortar la penitencia del alma a la orilla del río.

Fuentes

Cuento:

Uchina! - Los seis Jizos y los sombreros de paja

Wikipedia - 笠地蔵 




Nota cultural sobre los O-jizô-sama extraída de:

2007 en Japón... y vuelta - Estatuas Jizô 2007



母語がスペイン語のお客様のための、「笠地蔵」の物語。


 

jueves, 9 de octubre de 2008

Cuentos tradicionales japoneses: El cortador de bambú - 日本の昔話 - 竹取物語 (かぐや姫)

Kaguya Hime parte a la Ciudad de la Luna.

Ilustraciones de Tosa Hiromichi, alrededor del año 1600.

(Imágenes tomadas de Wikimedia Commons,
actualmente de dominio público y empleadas en este blog
con fines ilustrativos y sin ánimo de lucro)


Había una vez un anciano llamado
竹取翁 Taketori-no-Okina ("anciano cortador de bambú") que vivía con su esposa. Un día fue a una plantación de bambú para recolectar brotes. Cuidadosamente cortó el bambú y se quedó asombrado al encontrar a un precioso bebé en el interior. Era una niña. Taketori decidió recogerla y llevarla a su casa.

- Mira lo que he encontrado - dijo llorando el anciano mientras le mostraba a la pequeña niña que encontró dentro del bambú a su esposa.

La viejita respondió:

- Ciertamente son los dioses los que nos han mandado a esta encantadora niña.


Decidieron quedarse con la niña y la llamaron かぐや姫 Kaguya-Hime (Princesa de la Luz Brillante).

La pequeña niña creció muy rápidamente y con el tiempo se volvió muy hermosa. Cuando el anciano o su esposa estaban cansados o de mal humor, solo les bastaba con ver a la niña para sentirse bien nuevamente. Ellos vivían muy felices con Kaguya Hime, a la que querían como si fuera su propia hija. Además, desde el mismo día en que había encontrado a la pequeña, siempre que Taketori cortaba un bambú encontraba oro dentro de él. Gracias a esto, pronto se hizo rico y pudo permitirse el lujo de construir una gran casa en la que vivir cómodamente con su anciana esposa.

Cuando Kaguya Hime creció, se convirtió en una mujer de gran belleza, que se hizo muy famosa en todo el mundo por su elegancia y hermosura, a pesar de que el anciano no permitía que su preciosa princesa saliera de casa. Cinco príncipes llegaron a su casa para pedir la mano de Kaguya en matrimonio. Pero ella era reacia a casarse, así que les propuso a sus pretendientes varias tareas imposibles para llevar a cabo antes de conseguir casarse con ella.

A su primer pretendiente, Kaguya le encargó traer el caliz sagrado de Buda que se encontraba en La India. Al segundo príncipe le encargó recuperar una legendaria rama hecha de plata y oro. El tercero tenía que intentar conseguir al legendario vestido del ratón de sol que se dice que está en China. Al cuarto le pidió que le trajera una joya de colores que brillaba al cuello de un dragón. Al último príncipe, le encargó una concha preciosa que las golondrinas guardaban como un tesoro. Esto desilusionó mucho a los pretendientes, pues la princesa les había pedido objetos que nadie sabía si existían realmente. Aún así decidieron intentarlo.

Un día, llego el primer hombre y trajo la taza de Buda que la princesa había pedido, pero pronto Kaguya descubrió que no había ido realmente a la India como ella lo pidió, sino que en su lugar le había traído una taza sucia de un templo cerca de Kyoto. Cuando la princesa lo vio, supo inmediatamente que esta no era la taza de Buda.

El segundo no tenía idea de donde podría encontrarse una rama de plata y oro, por lo que decidió ordenárselo a unos joyeros. Cuando los joyeros fabricaron la rama, él se la llevó a la princesa. Era una rama de plata y oro tan maravillosa que ella pensó que realmente se trataba de lo que había pedido y pensó que no podría escapar del matrimonio con este joven... de no ser porque los joyeros aparecieron para reclamar al pretendiente su dinero. De esta manera la princesa comprendió que esta rama no era la verdadera y por consiguiente no era lo que ella había pedido.

El tercer pretendiente, a quién se le había pedido el vestido del ratón del sol, les dio dinero a algunos comerciantes que iban a China. Ellos le trajeron una piel vistosa y le dijeron que pertenecía al ratón de sol. Se lo llevó a la princesa y ella dijo :

- Realmente es una piel muy fina. Pero la piel del ratón de sol no arde, aún cuando se tira al fuego. Probémoslo.

Y Kaguya tiró la piel en el fuego, y como era de esperar, la piel ardió.

El cuarto pretendiente era muy valiente e intentó encontrar al dragón por sí mismo. Navegó y vagó durante mucho tiempo, porque nadie sabía donde vivía el dragón. Pero durante una jornada, fue asediado por una tormenta en la que casi pierde la vida. La tormenta le impidió seguir buscando al dragón, así que regresó a su casa. De vuelta en su hogar, se encontró muy enfermo y no pudo volver con la Princesa Kaguya.

El quinto y último de los hombres buscó en todos los nidos, y en uno de ellos pensó que había encontrado lo que la princesa le había encargado; pero al bajar tan aprisa por la escalera, se cayó y se lastimó. Ni siquiera lo que tenía en su mano era la concha que la princesa había pedido, sino una golondrina vieja y dura.

De este modo todos los pretendientes fracasaron, y ninguno podría casarse con la princesa.

Un día, el Emperador quiso conocer la extraordinaria belleza de Kaguya Hime. En cuanto la vio, quedó prendado de la joven y le pidió que se casara con él y fuera a vivir a su palacio. Pero la princesa rechazó también su propuesta, diciéndole que era imposible, ya que ella no había nacido en el planeta y no podía ir con él.

Ese verano, cada vez que la princesa miraba la Luna, sus ojos se llenaban de lágrimas. Los ancianos estaban muy preocupados, pero la princesa guardaba silencio. Un día antes de la luna llena de mediados de agosto, la princesa explicó por qué estaba tan triste. Explicó que no había nacido en el planeta, sino que procedía de la Ciudad de la Luna (月の都 Tsuki no Miyako), a dónde debía regresar en la próxima luna llena, y que vendrían personas a buscarla.

Los ancianos trataron de convencerla de que no partiera, pero ella contestó que debía hacerlo. Así que Taketori corrió en busca del Emperador, y le contó toda la historia. El Emperador, para evitar que la princesa Kaguya se marchara, envió a su casa una gran cantidad de soldados.

Pero en la noche de la luna llena de mediados de agosto, una intensa luz los cegó a todos y las gentes de la Ciudad de la Luna bajaron a por la princesa. Los soldados no pudieron combatir ni tratar siquiera de impedirlo, porque estaban cegados por aquella intensa luz y porque extrañamente habían perdido las ganas de luchar.

La princesa se despidió de sus padres, y les dijo que no deseaba irse, pero que tenía que hacerlo. También se despidió del Emperador por medio de una carta.

El desolado Emperador envió un ejército entero de soldados a la montaña más alta de Japón, el gran Monte Fuji. La misión era subir hasta la cima y quemar la carta que Kaguya-Hime había escrito, con la esperanza de que llegara a la ahora distante princesa.

Años después, de la Luna cayó la capa que la gente de la Ciudad de la Luna le había dado a la princesa Kaguya. Un monje, llamado Miatsu, se enteró de la historia de la princesa y fue a ver al Emperador. Le dijo que si alguna vez la luna llena aparecía más de lo debido, llevaran la capa al Monte Fuji y lo quemaran. El monje le dijo que la princesa Kaguya había recibido la carta que el había quemado , y que se encontraba molesta por no haberse podido quedar en el planeta, por lo que había decidido convertir la Tierra en un lugar como la luna. El Emperador le pidió al monje que sellara a Kaguya en un lugar del cual jamás pudiera salir.

La princesa Kaguya se enteró por medio de un susurro de un sirviente del palacio que estaba encargado de cuidar el espejo que la mantenía cautiva del hechizo y el engaño del Emperador, así que le pidió a uno de los habitantes de la Ciudad de la Luna que hiciera que del Monte Fuji cayera fuego, lava, cenizas y gases venenosos que causaran la muerte de la región entera. Esa persona así lo hizo, y tomando la furia de la princesa como componente principal, creó al volcán (antes era nada más una montaña), que no hizo erupción debido a que la rabia de la princesa no era suficiente, por lo que tenían que esperar hasta que la rabia de la princesa se acumulara y fuera la suficiente para hacer estallar al volcán.

Desde entonces las erupciones del Fuji , aunque escasas, han sido violentas, debido a la furia de Kaguya Hime.





Notas:


  • La historia del cortador de bambú y Kaguya Hime está considerada como el relato narrativo más antiguo del folklore japonés, y un ejemplo muy temprano de lo que se podría llamar "proto-ciencia ficción".

  • Este cuento presenta bastantes similitudes con un antiguo relato tibetano, Banzhu Guniang (班竹姑娘).

  • En 1987 la historia fue adaptada al cine, en un largometraje dirigido por Kon Ichikawa y protagonizado por Yasuko Sawaguchi, Toshiro Mifune, Megumi Odaka y Ayako Wakao. También cuenta con diversas adaptaciones al manga y al anime, además de numerosas referencias directas a esta leyenda, por ejemplo en títulos como Doraemon y Sailor Moon.

  • Existen también referencias en diversas canciones, videojuegos y series de televisión. Por ejemplo, un episodio de la serie tokusatsu Gougou Sentai Boukenger está directamente basado en la leyenda de la princesa Kaguya.

  • El Monte Fuji es la montaña sagrada de Japón y la cima más elevada de todo el archipiélago, con una altura máxima de 3.776 metros. Su perfil perfectamente simétrico y su cima cubierta de nieves perpetuas lo convierten en una montaña mundialmente famosa y en un auténtico icono recurrente en el arte y en la vida cotidiana japonesa.

  • El Fuji es una montaña bella, pero peligrosa, ya que se trata de un volcán activo, actualmente en reposo pero que a lo largo de la historia ha tenido varias erupciones violentas. La última de ellas tuvo lugar en 1707, en pleno periodo Edo, y desde entonces permanece en estado latente y continuamente monitorizado. Se ha calculado que su ciclo eruptivo es de unos 300 años, por lo que, en teoría, podría entrar de nuevo en erupción en cualquier momento.

  • Su nombre correcto en japonés es Fuji-san 富士山, a pesar de que en España se ha popularizado la pronunciación Fujiyama. Esto es un error muy común debido a una lectura errónea del kanji de "montaña" 山, que se pronuncia san en chino y yama en japonés. Como el nombre del volcán es un compuesto de varios kanji, lo normal es que se lean todos con su pronunciación de origen chino, como ha de hacerse también en este caso.




Fuentes:


domingo, 10 de agosto de 2008

Cuentos tradicionales japoneses: la esposa kitsune - 日本の昔話 - 「キツネ女房」

Hace mucho tiempo existía una pequeña y solitaria casa en lo profundo de los bosques del Norte de Japón. La casa era el hogar de un cazador, quien solía alimentarse con los conejos, aves y otras presas que se encontraban en aquellas montañas y bosques.

Como cabría esperar de un hombre viviendo sólo en las profundidades de uno de los ya de por sí más solitarios parajes de Japón, el cazador vivía al día; si no era capaz de encontrar algún ave, un jugoso conejo o algún otro animal, no tendría nada que comer a excepción de algunos magros vegetales que él mismo cultivaba.

Un día de otoño, muy parecido a cualquier otro, el hombre se encontraba cazando en los bosques, en una montaña llamada Shinoda-ga-mori. Él podía sentir que algo no andaba bien. Desde hacia varias semanas las manadas de animales habían estado escaseando, al igual que las aves, lo que le hacía cuestionarse: "¿A dónde habrán ido todos los animales?"

Consternado, continuó su camino hasta llegar a un arroyo donde se encontró con un zorro (キツネ Kitsune) . Los zorros no son muy buenos para comer, por supuesto; su carne es poca, pero ante tanta necesidad, poca carne era mejor que no tener carne alguna.

Al igual que el cazador, el zorro se veia hambriento y delgado, aunque no por eso perdia su magnificencia: su piel era gruesa y su cola -de un rojo intenso- era prueba de que éste ejemplar había visto ya varios inviernos.

El cazador preparó su rifle.

El zorro, que hasta entonces había estado bebiendo agua del riachuelo sin percatarse de la presencia del hombre, levantó la vista justo antes que éste tirara del gatillo. El cazador dudó, y el zorro se sentó lentamente sobre sus patas traseras, sin apartar nunca la vista del hombre, y juntó sus patas delanteras como si estuviera rezando, implorándole al cazador por su vida.

El hombre se quedó perplejo: nunca antes en todos sus años de cazador -que no eran pocos- había visto tal comportamiento. El cazador sabía que lo único que tenia que hacer era tirar del gatillo para disfrutar de su cena más una piel abrigadora para los meses de invierno. El zorro parecía saberlo también, y esto de alguna manera conmovió el corazón del cazador quien lo dejó ir.

El zorro hizo una rápida reverencia y se alejó dejando al cazador anonadado, preguntándose qué había hecho y con el estómago gruñéndole.

La noche comenzó a caer y el cazador tuvo que regresar a su casa sin nada más que las últimas verduras que le quedaban para acallar su hambre.

El cazador estaba acostumbrado a vivir en aquellas tierras solo, con alguna ocasional visita de algún leñador que pasara por las cercanías o fugitivos, por lo que se sorprendió cuando alguien llamó a su puerta, y más sorprendido quedó de ver que era una mujer la que se encontraba afuera.

- Buenas noches -, dijo la dama.

- Buenas noches -, respondió el cazador cautelosamente.

El cazador la invitó a pasar, pues se sentía solo, y muchas veces deseaba tener a alguien con quien poder conversar en noches tan frías como esta.

La muchacha le contó que iba a visitar a sus familiares que vivían del otro lado de las montañas, y sin querer se había desviado del camino y se había perdido. El hombre se disculpó pues solo tenia unas pocas verduras y algo de sake, pero la mujer le ofreció de la comida que ella llevaba para sus familiares en agradecimiento. Y casi instantáneamente ella preparó las más exquisitas comidas para el cazador: conejo, pollo y hasta papas dulces de postre. Él quedó satisfecho por primera vez en mucho tiempo.

Los dos conversaron mientras comían, y se extendieron hasta ya entrada la noche. A la mañana siguiente la mujer le dijo que le agradaba mucho el hogar del cazador, rodeado de montañas y ríos y bosques.

- "¿Te importaría que me quedara un poco más?"

Por supuesto que al cazador no le importó. Pronto ese 'un poco más' se convirtió en semanas y las semanas en meses y los meses en años, y poco a poco los dos se encariñaron el uno con el otro. Eventualmente la mujer se dio cuenta que estaba encinta, y después dio a luz al hijo del cazador.

Las cosas mejoraron mucho para el cazador, los animales volvían a caer en las trampas, él y su esposa y su hijo Dojimaru tenían carne en abundancia, y con la ayuda de la mujer su magro jardín había crecido y ahora tenia una mayor variedad de plantas.

Un día, sin embargo, cuando después de haber dado la vuelta a una colina desde donde se divisaba su hogar el cazador pudo observar a su esposa cuidando a su hijo, y al lado de los dos ¡una cola roja!

Enojado, el cazador cayó en la cuenta de que había sido engañado por el zorro al que salvó la vida, y sin pensarlo regresó furioso a su casa.

- ¡Date un baño! - gritó.

- ¿Pero y el niño...?

- ¡Yo lo cuidaré!

El hombre sabia que a los zorros les disgusta el agua, por lo que pensó que si ella se negaba a bañarse, se probaría el verdadero origen de la mujer. Sin embargo ella accedió y al poco tiempo él hombre escuchó el golpetear del agua.

Pero el cazador no quedó contento con esto, así que buscó una rendija a través de la cual poder observar a su mujer, y cuando la encontró, fue grande su sorpresa, ya que la mujer estaba usando su cola para remover el agua.

Aun así, él cazador la había amado, pero el pensar en el futuro que tendría su hijo lo hacia rabiar, ya que si alguien descubría la identidad de su madre harían mofa de él. De esta manera decidió enseñarle al niño cómo comportarse, escribiéndole en un cuaderno lo que debía o no hacer:

· Nunca te pares en la vía que divide los tatami y la puerta, pues la gente es supersticiosa acerca de esto.

· Nunca caces mariposas, libélulas u otros insectos. Los zorros y otros animales podrán hacerlo, pero nunca las personas.

· Nunca tragues de un bocado tu comida, ya que el hacerlo es signo de malas costumbres.

Una vez terminada su lista, se volvió hacia la mujer-zorro quien se había transformado de nuevo en humano.

- Yo soy el zorro de Shinoda-ga-mori-, dijo ella.

- ¿Así me pagas por haber salvado tu vida?

- No. Yo ya te había pagado, pero eso fue hace mucho tiempo. Te di comida en lugar de mi propia carne, me quedé contigo y te di compañía porque estabas tan solo que ni tu mismo te dabas cuenta."

Las lágrimas rodaron por sus mejillas mientras hablaba.

- Te he dado un hijo -, le dijo, recuperando su compostura-. Ahora cuida bien de él, que yo he de regresar a Shinoda-ga-mori.


Al día siguiente ella se fue dejándole una nota:

"Si el niño llora y llora y no para, tráelo a Shinoda-ga-mori. Si tienes problemas con el niño, tráelo a Shinoda-ga-mori. Por favor cuídalo mucho."

No pasó mucho tiempo hasta que Dojimaru notó la falta de su madre y comenzó a llamarla con llantos desesperados. El padre no podía callarlo, por lo que se decidió a llevarlo a al bosque como había dicho su mujer.

Al poco tiempo de haber llegado apareció un zorro frente al hombre y su desconsolado hijo, y Dojimaru, al ver a un zorro por primera vez en su vida,se asustó mucho, tanto que se ocultó detrás de su padre y cesó su llanto.

El cazador entendió entonces que esta era la forma en la que el zorro había planeado detener al niño para buscar a su madre. También entendió el dolor de la madre al observar cómo su hijo se escondía temeroso de ella.


Padre e hijo regresaron entonces a casa. El niño tuvo una infancia normal hasta que el cazador le enseñó a leer y escribir. Dojimaru aprendía a una velocidad sorprendente docenas de caracteres chinos cuando otros niños sólo aprendían unos pocos. Lo mismo pasaba con las matemáticas, que mientras los otros niños de su edad tenían problemas con la suma y la resta, Dojimaru se aburría ya con las multiplicaciones y divisiones; esto era por supuesto, resultado de su herencia.

Así, Dojimaru tuvo gran éxito en la vida y pronto fué él quien proveía a su padre con todo lo necesario, haciendo que el cazador dejara de cazar por necesidad.


(publicado originalmente por Koharu en:
The Cooler Forum - Japonlandia - cuentos tradicionales japoneses)




Notas:



Según la mitología japonesa, el kitsune (zorro) es un animal que constituye un elemento de singular importancia en el folklore japonés, hasta el punto en que dicha palabra se utiliza tradicionalmente para nombrar a aquel espíritu del bosque con forma de zorro, cuya función clásica es la de proteger bosques y aldeas. Se trata de un ser inteligente que posee habilidades mágicas, las cuales ve incrementadas con la edad y la adquisición de conocimientos. Por lo demás, la edad, la sabiduría y el poder de un kitsune son también mayores a medida que aumenta el número de colas, siendo el más poderoso el kitsune de nueve colas, o kyûbi-no-kitsune (sí, como mi Kyûbi-chan xDD), que tiene la habilidad de ver y oir cualquier suceso que ocurra en el mundo.

Además, el kitsune está estrechamente asociado al dios Shinto (kami) Inari, dios de la fertilidad, de la agricultura, del arroz y de los zorros, tanto como mensajero como sirviente del mismo; estas funciones refuerzan su poder sobrenatural.

Entre sus poderes más sobresalientes se encuentra la capacidad de adoptar la forma humana, concretamente como mujer joven. En algunos cuentos tradicionales, y en general en el folklore, el kitsune se desenvuelve como un ser que aprovecha su metamorfosis para hacer travesuras con las personas; en otras ocasiones, el animal desempeña funciones de fiel guardián, amiga, amante o esposa.

En las historias folklóricas sobre kitsunes es habitual que éste sea descubierto bajo su apariencia humana por culpa de su cola, que suele tener dificultades en esconder entre la ropa.

(fuente: Wikipedia)

jueves, 24 de abril de 2008

Cuentos tradicionales japoneses - Kaidan: La promesa rota - 怪談 ・ 破れた約束

Aviso importante:

Este relato no es apto para menores. Contiene una escena de EXTREMA VIOLENCIA que puede herir la sensibilidad del lector.



- No tengo miedo de morir - dijo la esposa moribunda -. Hay sólo una cosa que me preocupa ahora. Me gustaría saber quién va a tomar mi lugar en esta casa.

- Querida mía - respondió el apenado marido -, nadie tomará nunca tu lugar en mi casa. No pienso volver a casarme jamás.

Hablaba con toda sinceridad, ya que amaba a la mujer que estaba a punto de perder.

- ¿Palabra de samurai? - preguntó ella, con una débil sonrisa.

- Palabra de samurai - respondió él, acariciando el rostro delgado y pálido de su esposa.

- Entonces, querido mío - respondió ella-, entiérrame en el jardín, cerca de esos ciruelos que plantamos al fondo. ¿Lo harás? Hace mucho tiempo que te lo quería pedir, pero temía que si te casabas de nuevo no querrías tener mi tumba tan cerca. Ahora que me has prometido que otra mujer no ocupará mi lugar, no dudo en hacerte saber mi voluntad... ¡Deseo tanto que me entierres en el jardín! Creo que allí a veces podré oír tu voz y contemplar las flores en primavera.

- Tus deseos se cumplirán - dijo él -, pero por favor, no hables ahora de entierros, no estás tan enferma como para perder todas las esperanzas.

- No, ya no hay nada que hacer, moriré hoy por la mañana. ¿De verdad que me enterrarás en el jardín, a la sombra de los ciruelos que plantamos?

- Te lo prometo, tendrás una tumba preciosa.

- ¿Podrás ponerme en el ataúd una campanilla? ¿Una de esas que llevan los peregrinos budistas?

- Tendrás la campanilla, y todo lo que desees.

- Ya no preciso nada más, querido mío. Siempre has sido muy bueno conmigo. Ahora puedo morir feliz.

Y entonces, la mujer cerró los ojos y murió con la facilidad con que un niño se queda dormido. Su rostro estaba hermoso y sonreía.

Tal y como ella había pedido, su esposo la enterró en el jardín, a la sombra de los ciruelos que adoraba, y en el ataúd puso una campanilla. La tumba estaba marcada por una espléndida lápida en la que se leía su kaimyô (1): "Gloriosa hermana mayor, sombra luminosa de la cámara del ciruelo, que vive en la morada del gran mar de compasión".

Pero un año después de la muerte de la esposa, los familiares del samurai empezaron a urgirle para que se casara de nuevo, puesto que aún era joven, y además era hijo único y no había tenido aún descendencia.

- El deber de un samurai - le decían - es volver a casarse. Si mueres sin hijos, ¿quién hará las ofrendas en honor de nuestros antepasados?

Tras muchos razonamientos de esta clase, al final sus familiares le convencieron para que tomara una nueva esposa. La novia apenas tenía diecisiete años, y él se dio cuenta de que podía llegar a quererla entrañablemente, pese al mudo reproche de la tumba en el jardín.

********

No ocurrió nada que pudiera perturbar la felicidad de la recién casada hasta el séptimo día después de la boda, cuando su esposo, debido a ciertas obligaciones, tuvo que pasar la noche en el castillo del señor feudal. La primera noche que pasó sola, la joven se sintió intranquila de un modo que no podía explicar, tenía un miedo peculiar, sin saber por qué. Cuando se acostó, no pudo dormir. Había una extraña opresión en el aire, una indefinible pesadez parecida a la que precede a una tormenta.

Hacia la hora del buey, entre las dos y las cuatro de la madrugada, le llegó de la oscuridad el sonido de una campanilla de peregrino budista.

"Qué clase de peregrino puede estar deambulando por aquí a estas horas?", se preguntó.

Después de una pausa, la campanilla sonó mucho más cercana. Sin duda se estaba aproximando a la casa, pero, ¿por qué por la parte trasera, donde no había camino?

De repente, los perros empezaron a aullar de un modo distinto y horrible, y ella se sintió invadida por un temor como el que se siente en los sueños. Trató de levantarse para despertar a un sirviente, pero... ¡no podía moverse, ni llamar! ¡Y cómo aullaban ahora los perros!

Entonces, a pesar de que las puertas y los postigos estaban cerrados, entró en la habitación una mujer. Estaba ataviada con un kimono mortuorio, llevaba una campanilla de peregrino, su cabello largo y suelto le caía sobre un rostro en el que no tenía ojos ni lengua, porque llevaba mucho tiempo muerta.

- ¡No puedes quedarte en esta casa! - le dijo la horrible aparición -. ¡Aquí soy la dueña todavía! Tienes que irte y no contarle a nadie por qué. ¡Si se lo cuentas a él, te haré pedazos!

Y tras decir esto, el fantasma se esfumó.

La recién casada se quedó anonadada por el terror, y no pudo reaccionar hasta que amaneció.

Sin embargo, con la luz del día, empezó a dudar de si lo que había visto y oído había sido real. La advertencia pesaba tanto sobre ella que no se atrevió a hablar sobre la visión a su esposo ni a nadie, y casi fue capaz de convencerse de que aquello no había sido más que una pesadilla.

A la noche siguiente ya no le quedaron dudas. De nuevo, a la hora del buey, los perros comenzaron a aullar y a gañir, y la campanilla a sonar, acercándose despacio por el jardín. De nuevo se sintió paralizada al tratar de levantarse para pedir ayuda, y de nuevo apareció la muerta en la habitación, repitiéndole su amenaza.

- ¡No puedes quedarte en esta casa! ¡Aquí soy la dueña todavía! Tienes que irte y no contarle a nadie por qué. ¡Si se lo cuentas a él, te haré pedazos!

Esta vez la aparición se había acercado al lecho, inclinándose sobre ella mientras hablaba entre silbantes susurros.

A la mañana siguiente, cuando el samurai regresó del castillo, su joven esposa se postró ante él y empezó a suplicarle que le permitiera volver a su casa.

- Te lo ruego, perdóname por mi ingratitud y mi falta de consideración al decirte esto, pero debo volver a mi casa lo antes posible.

- ¿No eres feliz aquí? - preguntó él, con enorme sorpresa -. ¿Alguien te ha tratado mal en mi ausencia?

- No, no es eso, todos habéis sido muy amables conmigo - replicó ella, entre sollozos -, pero no puedo seguir siendo tu esposa. Tengo que marcharme.

- Querida mía, lamento saber que algo en mi casa te ha causado esta infelicidad. Pero no logro imaginar por qué deseas marcharte, a no ser que alguien te haya tratado mal. ¿Acaso lo que deseas es que nos divorciemos?

- Sí, porque si no aceptas el divorcio, moriré - respondió la muchacha, temblando y llorando.

El samurai se quedó un rato en silencio, tratando en vano de encontrar la causa de tan sorprendente petición. Después, con la mayor calma, dijo:

- Si te envío ahora de vuelta, sin ninguna falta por tu parte, será considerado un acto vergonzoso. Pero si me das una buena razón para tu deseo, una que permita explicar la situación de una forma honorable, te daré el divorcio por escrito. No puedo hacerlo a no ser que me expliques el motivo, ya que debemos mantener el honor de nuestra casa a salvo de cualquier reproche.

Y así, ella no tuvo más remedio que contárselo, tras lo cual añadió, presa de un terror indescriptible:

- ¡Ahora que te lo he contado, ella me matará! ¡Me matará!

Aunque el samurai era un hombre valiente, poco dado a creer en fantasmas, se quedó unos momentos sin saber que decir. Sin embargo, pronto se le ocurrió una explicación lógica a lo ocurrido.

- Querida mía - dijo -, estás muy nerviosa, alguien debe de haberte contado historias absurdas. No puedo darte el divorcio sólo por que hayas tenido una pesadilla en esta casa. Esta noche también debo ausentarme al castillo, pero no estarás sola. Ordenaré a dos vasallos de mi confianza que vigilen tu habitación y podrás dormir tranquila. Son buenos hombres y cuidarán muy bien de ti.

Le habló con tanta consideración y afecto, que la muchacha casi se avergonzó de sus terrores y acabó aceptando quedarse en la casa.

*******

Los dos vasallos que el samurai puso a cargo de ella eran fuertes, valientes y sencillos, guardianes experimentados de mujeres y niños. Contaron a la joven esposa historias entretenidas para alegrarla. La mujer conversó con ellos mucho rato, se rió de sus ocurrencias y casi se olvidó de su miedo. Cuando por fin se acostó, ambos guardianes se instalaron en una esquina de la habitación, tras un biombo, y comenzaron a jugar una partida de go, hablando sólo en susurros para no interrumpir el sueño de la esposa, que dormía como una niña.

Pero de nuevo, a la hora del buey, la muchacha se despertó con un gemido de terror, había oído la campanilla que se acercaba más y más. Se levantó y gritó; mas nada se movió en la habitación, que estaba envuelta en un silencio de muerte, más profundo a cada instante. Corrió hacia los guardianes, pero los encontró sentados ante el tablero, mirándose fijamente el uno al otro, como estatuas. Les gritó, los sacudió, sin conseguir que se movieran.

Después, ellos dijeron que había escuchado la campanilla, que habían oido gritar a la novia, incluso que habían sentido cómo los sacudía para tratar de despertarlos, pero que no habían podido moverse ni hablar. Habían dejado de ver o de oír en aquel mismo instante, un sueño abismal se había apoderado de ellos.


Cuando el samurai entró en la alcoba, contempló la linterna apagándose, que iluminaba el cuerpo de su esposa, yaciendo decapitada en medio de un gran charco de sangre. Los dos vasallos, sin finalizar la partida, estaban dormidos. Al grito de su señor se levantaron de un salto y contemplaron horrorizados la escena.

La cabeza de la joven esposa no estaba en ninguna parte, y la horrible herida indicaba que no había sido cortada de un tajo, sino arrancada. El rastro de sangre los condujo de la alcoba a una esquina de la galería, donde los postigos estaban rajados. Los tres hombres siguieron los indicios hasta el jardín, sobre los matojos de hierba, las zonas de arena, la orilla de un estanque plantada con lirios, y las sombras de los cipreses y los bambúes. Y de repente, en un recodo, se econtraron con una visión de pesadilla que chillaba como un murciélago: la figura de la mujer enterrada mucho tiempo atrás, erguida ante su tumba, sujetando con una mano la campanilla y con otra la cabeza todavía sangrante.

Los tres hombres permanecieron estupefactos unos instantes. Entonces, con una invocación budista, desenvainaron las espadas y golpearon a la aparición. En un instante se desmoronó en el suelo, con un sordo esparcir de mortaja en harapos. La campanilla cayó al suelo sonando. Pero la mano derecha descarnada, pese a haber sido cortada a la altura de la muñeca, todavía se movía. Los dedos agarraban la cabeza, arañando y retorciéndose como las pinzas de un cangrejo aferradas a una fruta caída.



(1) Ver el cuento de La historia de O-Tei.

Fuentes:

Lafcadio Hearn, Historias misteriosas (Kaidan), Luna Books 1996


Con este espeluznante relato doy por cerrado el mini-ciclo sobre los Kaidan de Lafcadio Hearn, con los que he querido mostraros un par de relatos más apartados de la imagen habitual que nosotros conocemos de los cuentos japoneses. Espero que os hayan gustado, ¡y si tenéis curiosidad por leer más de estas historias no perdáis la ocasión de haceros con ellas! No son difíciles de encontrar. ;-)

Los próximos cuentos de la serie recuperarán el tono folklórico - mitológico de entregas anteriores.



「怪談 ・破れた約束」 

 作 ・ 
小泉八雲

miércoles, 13 de febrero de 2008

Cuentos tradicionales japoneses - Kaidan: La historia de O-Tei / El Cerezo de la Nodriza - 怪談 ・ 「お貞のはなし」 -「 乳母ざくら」

お貞のはなし
La historia de O-Tei


Hace mucho tiempo, en la ciudad de Niigata, provincia de Echizen, vivía un hombre llamado Nagao Chôsei. Era hijo de un médico y como tal había sido educado para ejercer la profesión de su padre. A temprana edad se había comprometido con una muchacha llamada O-Tei, hija de un amigo de su padre; ambas familias habían acordado que la boda se realizaría tan pronto como Nagao culminara sus estudios. Pero la salud de O-Tei era muy frágil, y a los quince años enfermó gravemente.

Al sentir que su muerte era inevitable, O-Tei llamó a Nagao para despedirse. En cuanto él se arrodilló ante el lecho, la muchacha le dijo:

- Querido Nagao, estamos mutuamente comprometidos desde nuestra infancia, y debíamos habernos casado a finales de este año. Pero voy a morir, y los dioses saben que en mi estado es lo mejor para ambos. Si viviera algunos años más sólo te podría causar problemas y disgustos. Con este cuerpo tan débil, no podría ser una buena esposa, y sería, por tanto, muy egoísta por mi parte desear vivir para no abandonarte. Estoy resignada a la muerte, y quiero que me prometas que no vas a lamentarla. Además, he de decirte que volveremos a encontrarnos.

- Claro que sí - respondió Nagao con fervor -. Y en esa Tierra Pura no volveremos a separarnos nunca más.

- No, no - replicó ella con suavidad -, no me refiero a la Tierra Pura. Creo que estamos destinados a encontrarnos una vez más en este mundo, aunque mañana han de sepultarme.

Nagao la observó con perplejidad y advirtió que ella sonreía. O-Tei prosiguó, con voz lánguida y evanescente:

- Sí, quiero decir en este mundo y en esta vida, Nagao. Siempre, por supuesto, que tú lo desees. Para que esto ocurra, nuevamente he de nacer y alcanzar la mayoría de edad, de modo que tendrías que esperar. Quince, dieciséis años, es mucho tiempo. Pero, prometido mío, tú sólo tienes diecinueve.

Nagao quiso aliviar su agonía y le respondió:

- Esperarte, prometida mía, es menos un deber que un motivo de júbilo. Estamos mutuamente ligados por el término de siete existencias.

- ¿Pero dudas acaso? - inquirió ella, observándole el rostro.

- Querida mía - respondió él -, dudo si podré conocerte con otro cuerpo y con otro nombre, a menos que puedas darme alguna señal o contraseña.

- Eso no está en mis manos - dijo O-Tei, sólo los dioses y los Budas saben cómo y cuándo nos encontraremos. Pero estoy muy, muy segura de que si tú tienes voluntad de recibirme, podré volver junto a ti. Recuerda estas palabras...

... y tras decir esto, O-Tei dejó de hablar y cerró los ojos. Estaba muerta.



Nagao había amado a O-Tei con sinceridad, y a pesar de que ella le había pedido que no lamentara su muerte, su pena fue muy profunda. Hizo confeccionar una tablilla mortuoria, inscribió en ella el zokumyô (1) de O-Tei, hizo colocar la tablilla en el butsudan (2) y cada día le dedicó sus ofrendas. Pensó mucho en las extrañas palabras que O-Tei había pronunciado antes de morir, y, con la esperanza de agradar a su espíritu, escribió la solemne promesa de desposarla si alguna vez regresaba a él con otro cuerpo. Lacró con su sello esta promesa escrita y la colocó en el butsudan, junto a la tablilla mortuoria de O-Tei.

No obstante, como Nagao era hijo único, fue necesario que contrajera matrimonio, y no tuvo más remedio que ceder ante la voluntad de su familia y aceptar una esposa escogida por su padre. Una vez casado, Nagao no dejó nunca de depositar las ofrendas ante la tablilla de O-Tei, y jamás dejó de recordarla con afecto. Pero gradualmente, la imagen de ella se oscureció en su memoria como un sueño difícil de evocar.

Y pasaron los años. El transcurrir del tiempo le deparó a Nagao múltiples infortunios. La muerte le arrebató a sus padres, luego a su esposa y a su único hijo. De modo que se halló solo en el mundo. Abandonó su desolado hogar y emprendió una larga travesía con el fin de olvidar sus penas.

Un día, en el curso de sus viajes, llegó a una aldea de montaña llamada Ikao, aún famosa por sus fuentes termales y por el hermoso paisaje que la rodea. Se alojó en una posada, donde le atendió una muchacha, y Nagao, al ver su rostro, sintió que su corazón latía como no lo había hecho jamás. Tanto se parecía aquella joven a O-Tei, que Nagao tuvo que pellizcarse para convencerse de que no estaba soñando. Mientras ella iba y venía -preparando el fuego, sirviendo la comida, arreglando el cuarto del huésped-, Nagao evocó, en cada uno de sus gestos y actitudes, la graciosa imagen de la muchacha a la que tanto había amado en su juventud. Le habló; ella le respondió con una voz suave y diáfana, cuya dulzura le abrumó con la tristeza de tiempos pasados.

Al final, muy intrigado, Nagao la interrogó de este modo:

- Hermana (3), os parecéis tanto a una persona que conocí hace mucho tiempo, que recibí una gran sorpresa cuando entrásteis a esta habitación. Disculpadme, pues, si oso preguntaros dónde nacísteis y cuál es vuestro nombre.

Y de inmediato, con la inolvidable voz de la muerta, ella respondió:

- Mi nombre es O-Tei, y tú eres Nagao Chôsei, mi prometido. Hace diecisiete años fallecí en Niigata, y luego tú hiciste una promesa por escrito, diciendo que me desposarías si yo regresaba a este mundo con otro cuerpo de mujer, y lacraste esa promesa con tu sello y la colocaste en el butsudan, junto a la tablilla en la que está inscrito mi nombre. Y por eso he vuelto.

Dijo estas últimas palabras, y se desmayó.

Nagao la desposó y compartieron un feliz matrimonio. Pero ella jamás pudo recordar cuál había sido su respuesta en la posada de Ikao; nada recordaba, asimismo, de su previa existencia. La memoria de su vida anterior (enigmáticamente encendida en el momento del encuentro) había vuelto a apagarse, y así permaneció a partir de entonces.





乳母ざくら
El cerezo de la nodriza


Hace trescientos años, en la aldea de Asamimura, distrito de Onsengôri, provincia de Iyô, vivía un buen hombre llamado Tokubei. Este Tokubei era la persona más rica del distrito y el jefe de la aldea. La suerte le sonreía en muchos aspectos, pero alcanzó los cuarenta años de edad sin conocer la felicidad de ser padre. Afligidos por la esterilidad de su matrimonio, él y su esposa elevaron muchas plegarias a la diosa Fudô-myô-ô, que tenía en Asamimura un famoso templo, llamado Saihôji.

Fudô no desatendió sus plegarias, y al cabo de un tiempo, la mujer de Tokubei dio a luz a una preciosa niña a la que llamaron O-Tsuyu. No obstante, como la leche de la madre era deficiente, tuvieron que contratar a una nodriza, llamada O-Sodé, para que alimentara a la pequeña.

Pasaron los años, y O-Tsuyu se convirtió en una hermosa muchacha. Por desgracia, a los quince años cayó gravemente enferma y los médicos juzgaron inevitable su muerte. La nodriza O-Sodé, que amaba a O-Tsuyu con auténtico amor materno, fue entonces al templo Saihôji y fervorosamente rogó a la diosa Fudô por la salud de la niña. Todos los días, durante dos semanas, acudió al templo y oró a la diosa; al cabo de ese lapso, O-Tsuyu se recuperó súbita y totalmente.

Hubo, pues, gran regocijo en casa de Tokubei, el cuál decidió dar una gran fiesta para celebrar el feliz acontecimiento. Pero en la noche de la fiesta,O-Sodé cayó súbitamente enferma, y a la mañana siguiente, el médico que había acudido a atenderla anunció que la nodriza agonizaba.

Abrumada por la pena, la familia se congregó alrededor del lecho de la moribunda para despedirla. Pero ella les dijo:

- Es hora de que os diga algo que ignoráis. Mis plegarias han sido escuchadas. Solicité a Fudô-sama que me permitiera morir en lugar de O-Tsuyu, y la diosa me ha otorgado este favor. Por tanto, no debéis apenaros por mi muerte. Pero quisiera pediros algo: le prometí a Fudô-sama que si me concedía mi petición, haría plantar un cerezo en el jardín de Saihôji, en señal de gratitud y conmemoración. Yo no podré plantarlo con mis propias manos, así que os ruego que lo hagáis vosotros en mi lugar. Adiós, amigos míos, y recordad que me alegró poder morir en lugar de O-Tsuyu.

Después de los funerales de O-Sodé, los padres de O-Tsuyu plantaron un joven cerezo, el mejor que pudieron encontrar, en el jardín de Saihôhi. El árbol creció sano, y el día decimosexto del mes segundo del año siguiente, el aniversario de la muerte de O-Sodé, se cubrió maravillosamente de flores. Continuó dándolas durante doscientos cincuenta y cuatro años, siempre en el día decimosexto del mes segundo; y esas flores, blancas y rosadas, eran semejantes al pezón del pecho femenino y parecían rezumar leche. Y por eso la gente llamó a ese arbol Uba-zakura, el Cerezo de la Nodriza.






Pues sí, habéis visto bien, ¡hoy os ofrezco dos cuentos japoneses por el precio de uno! Y en esta ocasión, se trata de dos relatos muy diferentes de los habituales cuentos de tanukis, ogros, grullas, niños-melocotón y demás fauna. Mañana , 14 de febrero, es el día de San Valentín, como bien sabéis (aunque para mí no pasa de ser sino un día más del calendario, pero en fin... muchas felicidades a quienes sí lo celebréis ^_^), y con tal motivo creo que viene que ni pintada esta conmovedora historia de amor más allá de la tumba protagonizada por los prometidos O-Tei y Nagao, magistralmente narrada
en su libro Kwaidan (4) por el escritor greco-irlandés nacionalizado japonés, Lafcadio Hearn,del que ya os hablé en mi post anterior sobre la historia de la Mujer de las Nieves. Yo no he añadido ni quitado nada al relato original de Hearn, sino que he copiado el texto prácticamente tal cual, con tan sólo algunos leves retoques de estilo.

(vale, lo confieso, me he adelantado un poco... pensaba haber publicado este post mañana, día de autos, pero ya que lo tenía preparado no he podido resistir la tentación de actualizar ya mismo ^^U).

Y como propina, no he podido resistirme a incluir también la leyenda del Cerezo de la Nodriza, también recopilada por Hearn en dicho libro (de hecho viene inmediatamente después de la Historia de O-Tei); una leyenda que yo hasta ayer no conocía de nada, y os aseguro que me ha estremecido como pocas, me ha causado verdaderos escalofríos (y no es una exageración).

Por cierto, una variante de esta misma leyenda también está incluida en el libro Kaidan, con el título Juuroku-zakura, "el Cerezo del Día Decimosexto". En esta versión de la historia, es un anciano samurai de la provincia de Iyô quien que ofrece su propia vida mediante el ritual del Seppuku (5), para que el querido cerezo bajo el que jugaba en su niñez y que ya estaba marchitándose pudiera recuperar su esplendor. El espíritu del samurai entró en el cerezo, y desde entonces el árbol siguió floreciendo en el día decimosexto del mes primero cada año.

Según Lafcadio Hearn, este ritual de "transferir la propia vida" a cambio de la de otra persona, como sucede en la historia de la nodriza, o la de un árbol, como en la del samurai, o la de cualquier otra criatura, por intercesión de los dioses, se denomina en japonés 身代わりにたつ migawari ni tatsu, actuar como sustituto.

Si encontráis Kaidan por ahí, no dudéis en haceros con él, por cierto. Es un librito muy, pero que muy recomendable; si queréis ir un poco más allá de los cuentos japoneses que más o menos conoce todo el mundo, os llevaréis una gratísima sorpresa.



Notas:

(1) 俗名 Zokumyô (nombre profano): vocablo budista que alude al nombre personal que se lleva durante la vida, en contraposición al 戒名 kaimyô (nombre sagrado, nombre póstumo) o homyô (nombre legal) que se otorga después de la muerte. Son apelativos religiosos póstumos que se inscriben sobre la tumba y la tablilla mortuoria.

(2) 仏壇 Butsudan: altar budista doméstico.

(3) Hermana: en japonés, incluso hoy en día, la palabra "(お) 姉さん (o)neesan" sirve para referirse no sólo a la hermana mayor de alguien, sino también como un apelativo para referirse a chicas jóvenes en general, aunque no tengan ningún parentesco con el que habla.

(4) 怪談 Kwaidan, pronunciado "kaidan" (es una romanización antigua y ya en desuso; yo prefiero escribirlo así, sin la "w", por comodidad). Es el nombre generalizado de los cuentos fantásticos y de terror japoneses.

(5) 切腹 Seppuku (literalmente, "cortarse el vientre") es la palabra que se utiliza comúnmente en Japón para denominar lo que nosotros conocemos como "腹切り harakiri" (como véis, son los mismos caracteres chinos, pero en posición opuesta). Es un método ritual de suicidio practicado generalmente entre los samurais, consistente en abrirse el vientre con una espada corta, practicando una incisión en forma de L. Habitualmente, un pariente o amigo del suicida le remata a continuación decapitándolo con una espada, para evitarle sufrimientos, ya que dicha incisión es extremadamente dolorosa y produce una larga agonía antes de la muerte.



Fuente: Kaidan, de Lafcadio Hearn
(Ediciones Siruela, 1995; colección "El ojo sin párpado")


 

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